Cuando la música cumple esa expectativa auditiva, nos premia. Pensemos, por ejemplo, en la genialidad de ciertas melodías pop o en el uso magistral de samples clásicos en la música moderna. Cuando suena ese instante preciso y reconocible, como la inconfundible textura de “Diamonds” de Robin Gibb, el cerebro experimenta una sacudida predecible pero profundamente satisfactoria. Esa perfecta resolución armónica es la que provoca que se nos erice el vello o sintamos un nudo en la garganta. No es magia abstracta; es química y física trabajando en sincronía con el arte.